La Estampa Lab nace de una pregunta sencilla que se volvió práctica de vida: ¿qué pasa cuando empezamos a caminar la calle con intención, con conciencia, con los ojos abiertos a lo que siempre estuvo ahí pero nunca habíamos visto? Durante más de diez años, esta pregunta me llevó a recorrer territorios urbanos de Cali documentando no solo lo que veía, sino cómo el acto de caminar conscientemente transforma la manera en que habitamos el espacio. Lo que descubrí es que la calle —esa que muchos transitan como escenario de paso— es en realidad un texto legible, un archivo vivo de memorias, resistencias y saberes que merece ser leído, registrado y devuelto a quien lo habita.

De la calle mía a la calle de todos

Esta práctica personal, que evolucionó de “la calle también es mía” hacia “la calle es de todos”, se convirtió en algo más grande cuando entendí que no podía quedarme en la exploración individual. Había que compartir estas herramientas, democratizar este acceso, facilitar que comunidades enteras —especialmente aquellas que históricamente han sido excluidas de los circuitos artísticos formales— pudieran reconocerse como productoras de cultura, como documentalistas de su propio territorio, como creadoras de memoria que merece ser preservada.

Qué es la Estampa Lab

Así surgió La Estampa Lab: una plataforma que articula creación artística, pedagogía territorial y memoria comunitaria para que personas de todas las edades, de contextos rurales y urbanos, de sectores populares donde el acceso al arte suele ser un privilegio lejano, puedan tener las herramientas para elegir cómo vivir su calle, cómo narrar su territorio, cómo decidir qué hacer con el conocimiento artístico que construyen.

Porque esto no se trata solo de enseñar una técnica fotográfica o de hacer un taller bonito. Se trata de dar capacidad de elección: elegir si ese conocimiento se convierte en oficio artesanal, en expresión terapéutica, en hobbie que reconecta con el territorio, o en semilla que transforma la relación de toda una comunidad con el espacio que habita

Por qué la gratuidad no es negociable

Trabajamos desde y para la gratuidad porque sabemos que quien más necesita estas herramientas es precisamente quien no tiene recursos para acceder a ellas. Por eso buscamos alianzas con entidades públicas, gestores culturales, financiadores que entienden que democratizar el arte no es un discurso bonito sino una urgencia territorial: sin acceso gratuito, sin llegar a quien no puede pagar, sin facilitar que jóvenes de trece años que apenas empiezan a andar su barrio y adultos mayores que lo han andado toda la vida sin los avances tecnológicos de hoy compartan sus saberes, no hay democratización real. Solo reproducimos las mismas exclusiones de siempre.

 
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