Territorio…

Territorio es el cuerpo que lo transita, las memorias que se desvanecen sin registro, los adultos mayores que dejan estos caminos llevándose historias sobre cómo eran sus parques, calles o casas años atrás, jóvenes que andan su barrio sin verlo realmente. Los territorios viven en constante cambio y aunque estamos en la época de la imagen, la fotografía y la inmediatez de las redes sociales, hay muy poco registro sobre estas transformaciones desde quienes las viven en su cotidianidad.

CartoGráficas intenta registrar esto, no con la pretensión de generar un archivo o documento de cada territorio que abarcamos, sino de que las mismas personas que los habiten miren de manera situada las transformaciones que a ellos mismos los toca desde diferentes miradas y perspectivas y de manera participativa. No elegimos territorios al azar ni trabajamos con “poblaciones objetivo” como si fueran casos de estudio. Construimos con comunidades que quieren caminar su calle con otros ojos, registrar lo que ven, devolver esa mirada como memoria permanente que no se va cuando nosotros nos vamos. Tocamos puertas para llegar a las poblaciones con las que he trabajado en mis investigaciones en artes y desde ese punto de partida generamos una diáspora con comunidades que les interesa generar este tipo de impacto en sus territorios. Nuestro objetivo no es hacer un taller bonito y marcharnos. El objetivo es dejar capacidad instalada: un facilitador local capacitado, un archivo digital que la comunidad controla autónomamente, códigos QR físicos en las calles para que cualquiera pueda escanear y acceder a la memoria de su barrio sin pagar, sin horarios, sin pedir permiso.

Esto es barrialidad convertida en conocimiento situado. Es vecindad transformada en pedagogía territorial. Es la convicción de que cuando un joven de dieciséis años que recién empieza a andar su territorio con autonomía se sienta junto a un adulto mayor que lo ha andado setenta años sin celulares ni GPS, y construyen juntos un mapa temporal del lugar —”así era antes” dialogando con “así lo veo ahora”— se genera un saber que no existe en ningún aula tradicional. Y cuando ese saber se vuelve obra gráfica geolocalizada, instalada permanentemente en la calle misma donde nació, el territorio deja de ser escenario de paso y se convierte en archivo compartido que la comunidad lee, alimenta, preserva.

No vendemos talleres extractivos que llegan, ejecutan y se van. Construimos infraestructura de democratización real. Trabajamos desde la gratuidad absoluta entendiendo que quien más necesita estas herramientas es precisamente quien no tiene recursos para acceder a ellas. Cada territorio donde entramos sale con autonomía metodológica para seguir sin nosotros, para expandirse hacia otras técnicas de gráfica experimental según lo que necesite, para replicar el modelo en sus propios términos. Dejamos museos sin paredes en las calles, archivos digitales permanentes, y sobre todo: comunidades que descubrieron que siempre tuvieron derecho a elegir cómo vivir, narrar y transformar su relación con la calle a través del arte.

Los territorios donde trabajamos no quedan en nuestra memoria. Quedan instalados en la Galería al Barrio: códigos QR físicos en los puntos exactos donde se tomaron las fotografías, accesibles para cualquiera que pase por ahí. La calle convertida en museo permanente. La memoria donde debe estar: en manos de quien la habita.

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